martes, 12 de diciembre de 2017

EL PROYECTO NUCLEAR ALEMÁN 1938 - 1945

... POR KURT SCHLEICHER

Científicos alemanes a principios del siglo XX
           Los físicos alemanes (desde Roentgen, primer premio Nobel de física en 1901) alcanzaron gran prestigio internacional. Fue la cuna de muchos de ellos, comenzando por Albert Einstein y otros premios Nobel de Física, como Max Planck, Johannes Stark, Otto Hahn, Werner Heisenberg, Anton Lenard y Walther Bothe.
          En los años veinte y treinta se interesaron en la comunidad científica internacional por el desarrollo de la energía nuclear: Niels Bohr, Otto Hahn, Lise Meitner, Otto Frisch, Enrico Fermi, Irene y Frederick Joliot-Curie, Wolfgang Pauli, Robert Oppenheimer, Walter Bothe, Erich Bagge, Karl Friedrich von Weizsäcker, Karl Wirtz, Paul Harteck, Manfred von Ardenne, Fritz Strassman, Leo Szilard, Edward Teller… y un aerodinámico austriaco, Herbert Wagner.
          Destacaban en este campo los científicos alemanes, como se puede observar.
        Bastantes de estos físicos eran judíos o tenían ascendencia judía, y empezaron a emigrar especialmente a EEUU a partir de 1933, cuando Hitler subió al poder. Uno de cada cuatro físicos germano-judíos tuvieron que dejar su país; en total, más de dos mil académicos abandonaron Alemania. Ejemplos: Einstein, Lise Meitner, Frisch, Szilard, Teller, etc.  Muchos de ellos se integraron después en el equipo del proyecto Manhattan (en USA, desde 1942) dirigido por Robert Oppenheimer.
Otto Hahn y su equipo (Liese Meitner y Fritz Strassman) investigaban desde 1934 los procesos de fisión del uranio, bombardeando con neutrones rápidos y lentos, obteniendo 10 especies radioactivas nuevas (transuránidos). Lise Meitner abandonó el equipo en julio de 1938 por la persecución nazi a los judíos. Poco después, en diciembre de 1938, Hahn y Strassman irradiaban uranio con neutrones lentos y obtuvieron un elemento que supusieron era un isótopo del Ra.  Como el uranio es el elemento 92 y el radio el 88, tenían que haberse producido 2 partículas alfa; investigando el supuesto radio, encontraron que el elemento era bario y no radio. Gran sorpresa, pues el número másico del bario (137) era del orden de la mitad del del uranio (238). ¡Se había escindido en dos!    Descubrieron así el proceso de fisión del núcleo del uranio.


Otto Hahn

Lise Meitner


Otto Frisch


Fritz Strassmann

Werner Heisenberg

K.F. von Weizsäcker


Paul Harteck

Walther Bothe

Erich Bagge

Walther Gerlach

Kurt Diebner

Herbert Wagner


        Tras contactar poco después por carta con Lise Meitner, ésta se reunió en marzo de 1939 con su sobrino Otto Frisch y se dieron cuenta de que dos núcleos formados por la división de un núcleo de uranio eran más ligeros que el núcleo del uranio original en torno a un quinto de la masa de un protón. Y como la masa que desaparece se convierte en energía según E=mc2, y un quinto de la masa de un protón era equivalente a 200 MeV, vieron que este valor coincidía con las mediciones. ¡Todo encajaba!
        Se había descubierto una nueva fuente de energía; para poder aprovecharse de ella, habría que descubrir una forma de controlar estas reacciones. Por este asunto se interesó  Werner Heisenberg, convirtiéndose en su objetivo lograr construir un reactor nuclear.
        En Abril de 1939 se formó en Alemania  el “Uranverein”, a nivel universitario y patrocinado por el Ministerio de Cultura alemán. En el grupo estaban, entre otros, sus miembros más insignes, Heisenberg y Hahn. Los objetivos eran:
       1: la producción de un reactor nuclear
       2: formar un grupo de investigación en el ámbito atómico en Alemania
       3: controlar las informaciones que se produjesen.
        El 24 de abril de 1939, Paul Harteck mandó una carta al jefe de la oficina de investigación del ejército, Erich Schumann, perteneciente al Heereswaffenamt (HW), en el que se cita por primera vez la posibilidad de fabricar una bomba. Nadie hizo mucho caso, hasta que estalló la guerra en septiembre, resucitándose esta carta.
        Otto Hahn declaró que antes se suicidaría que colabaorar en una bomba así. Heisenberg no fue tan drástico, pero -al parecer- manifestó que habría que entorpecer cualquier acción dirigida a fabricar una bomba y que había que dedicarse exclusivamente al reactor nuclear. Von Weizsäcker dijo que habría que investigar, pues no se podía dejar que otros se adelantasen, ya que el asunto era conocido en la comunidad internacional.
        En el otro lado del atlántico, las noticias del descubrimiento de la fisión y la energía asociada causó gran expectación, pues estaban corriendo fuertes rumores de que podría estallar una guerra por las continuas provocaciones de Hitler. Enrico Fermi, en la universidad de Columbia,  su puso a trabajar en un reactor nuclear en EEUU, así como los Joliot-Curie en Francia en un ciclotrón.

EL TEMOR AMERICANO
        Albert Einstein, motivado por Leo Szilard y Edward Teller, escribió una carta al presidente Roosevelt en agosto de 1939 advirtiendo que se había abierto la posibilidad de producir armas nucleares tras este descubrimiento alemán y además que temía que los alemanes tuvieran intenciones malévolas al haberse hecho cargo de las minas de uranio en  Checoslovaquia  tras la reciente invasión de este país.
        Tras esta carta y como la guerra no había estallado todavía,  se pusieron en marcha por los americanos acciones para localizar a los científicos alemanes huidos, para coordinarse e iniciar acciones de investigación. 
        A partir de septiembre de 1939, aunque EEUU no estaba todavía en guerra con Alemania, se tomaron estas iniciativas con mayor interés , pero no fue hasta diciembre de 1941 tras el ataque a Pearl Harbour que se tomara alguna acción por parte americana. (El Proyecto Manhattan se inició poco después, en 1942, poniendo a cargo a Robert Oppenheimer bajo la supervisión militar del general Leslie Groves).
        En diciembre de 1939, Heisenberg confirmó en Alemania que el Uranio 235 era el más indicado para originar la fisión, pues el mucho más abundante U-238 frenaba el proceso de fisión del primero y además absorbía los neutrones rápidos, paralizando la reacción en cadena. Al mismo tiempo, con neutrones lentos, descubrió que se precisaba un moderador para controlar el proceso, que podría ser grafito o agua pesada (el helio se descartó desde el principio)

LOS ERRORES DE HEISENBERG
Ø  En diciembre de 1939, Heisenberg preparó un informe declarando que para conseguir una reacción estable, el reactor debería ensamblar nada menos que 1000 kgs de grafito (o 600 litros de agua pesada) con 1 a 2 toneladas de uranio. La realidad era que bastaba con 50 kg de uranio. Nadie se atrevió a contradecir estos cálculos; ¡era el jefe!
Ø  Tras los experimentos fallidos de Walther Bothe, el grafito como moderador quedó descartado por absorber neutrones con demasiada facilidad, sin saber que la causa era que el material usado en sus experimentos estaba en estado impuro. Esto llevó a Heisenberg a preconizar el agua pesada como moderador, pues no se le ocurrió cuestionar los resultados de un reputado científico como Bothe.
Ø  El ejército alemán se interesó entonces por el Uranverein tras la carta de Paul Harteck de abril y puso en marcha  el 16 de septiembre de 1939 un “2º Uranverein” en el que ya se debía estudiar la posibilidad de fabricar una bomba atómica, bajo el mando del físico Kurt Diebner y el control militar de Erich Schumann.
Ø  Fueron reclamados (léase obligados) la mayoría de los científicos involucrados, empezando con Werner Heisenberg, su ayudante Klaus Friedrich von Weizsäcker, Otto Hahn (que se hizo el ”longuis” todo lo que pudo), Hans Geiger (el del contador, que tenía mucho interés en avanzar lo de la bomba), el propio Paul Harteck , Walther Bothe (el del fiasco del grafito) y Erich Bagge, entre otros. En general, ninguno se sentía muy animoso y al parecer (?) se confabularon para hacer boicot al objetivo de la bomba y concentrarse tan sólo en el reactor nuclear. Hubo en total unos 70 científicos, la mayoría más interesados en librarse de ir a la guerra que de progresar en las investigaciones.
Ø  Nótese que este 2º Uranverein con supervisión militar se había puesto en marcha tres años y medio antes que el americano, que también estuvo bajo control militar del general Groves y a cargo de Oppenheimer, como el “Heisenberg” americano.
Ø  Estando los alemanes limitados al agua pesada como moderador, la única fábrica existente era Norsk Hydro en Noruega. En febrero de 1940, los noruegos decidieron enviar lo que tenían a los franceses (Joliot-Curie) para evitar que cayera en manos alemanas; cuando los alemanes entraron en Francia en junio de 1940, se encontraron que el agua pesada ya se había “evaporado” con destino a Inglaterra.
Ø  El Uranverein decidió entonces poner a punto el ciclotrón francés de Joliot-Curie. Necesitaban U-235 para la fisión; fabricar una bomba a base de U-235 puro era muy difícil de conseguir en las cantidades requeridas (sólo hay un 0,7% de éste en el U-238). El grupo de Hahn había logrado producir el elemento 93, que Von Weiszäcker comprendió que era tan fisionable como el U-235 y que sería una posible alternativa. El elemento sería el Plutonio 239, que tenía varias ventajas: se aprovecha el U-238, no hay que enriquecer el uranio y la masa crítica para una posible bomba sería del orden de 1/3 que con el U-235.
Ø  Con Francia ocupada por los alemanes, el Uranverein trataba de hacer funcionar desde julio de 1940 el ciclotrón francés de Joliot-Curie, a la vez que montaban un reactor de grafito disimulado en un instituto de biología (la llamaron la “Casa del Virus”). Los experimentos fallaron.  Se preparó otro en Leipzig y también falló, con lo que se  desechó definitivamente el grafito como moderador. Walther Bothe , en Heidelberg usó agua pesada; no tuvo éxito, pero los resultados fueron “esperanzadores”.
Ø  Los alemanes estaban condenados, por lo tanto, a depender del suministro de agua pesada, pero no había suficiente ni de lejos (se hizo un pedido de 1500 kg  -la producción de un año de Norsk Hydro -  y sólo se recibieron 860 kg ya a finales de 1942, muy tarde)
Ø  Aunque Alemania disponía de varias fuentes de obtención de uranio (Checoslovaquia, Congo Belga…), no era suficiente para considerar la alternativa del U-235; para la del Pu-239 necesitaban todavía más agua pesada. Se pensó en hacer una fábrica adicional de agua pesada en Alemania, pero era inviable económicamente.  Total, el proyecto no avanzaba nada, aparte de la potencial confabulación para ralentizar los avances hacia una bomba.
Ø  En este “impass”, Werner Heisenberg visitó en septiembre de 1941 a Niels Bohr, su amigo y antiguo mentor, en Copenhage. Allí no se entendieron, pues la versión de Heisenberg era que él pretendía de Bohr que convenciese a la comunidad aliada de que en tiempos de guerra no se fabricasen bombas, pues él ya había comprobado que era factible hacerlas, aunque estaba atascado. La versión de Bohr era que Heisenberg lo que quería era que nadie hiciera sombra al desarrollo alemán para que éste llegase antes que los aliados, si es que éstos hacían algo. Ambas versiones eran posibles. Durante esta visita, Heisenberg le comentó a Bohr con un dibujo muy simple cómo podría ser un reactor nuclear a base de barras de grafito, esquema que éste se llevó después a los EEUU. 


Werner Heisenberg con Niels Böhr en Copenhague, Sept. de 1941

        En Alemania, los militares de la HW (Schumann) llamaron a capítulo al Uranverein el 16 de diciembre de 1941 a ver cómo iba lo de la bomba; asistieron Heisenberg, Hahn, Harteck y Bothe, quienes admitieron que no habría resultados a corto plazo, con lo que el HW se retiró de la investigación, frenando aún más el desarrollo. ¿Lo hicieron aposta?
        En febrero de 1942, el Uranverein entregó otro informe al HW en el que afirmaba que la construcción de una bomba un millón de veces más potente que su mismo peso en dinamita era posible o bien con U-235 o con Pu-239, usando de 10 a 100 kg de material fisionable. Y que podría ser del tamaño “de una piña”.
        Al mismo tiempo, Heisenberg tuvo éxito con una prueba a pequeña escala (esfera de 80 cm de diámetro con dos capas de uranio separadas por 140 kg de agua pesada, obteniendo un 13% de multiplicación de neutrones) que demostraba que un reactor de 5T de agua pesada podría dar una reacción autosostenible.
        En abril de 1942, Heisenberg fue nombrado director del Instituto Kaiser Wilhelm de Física, por lo que se convirtió en la máxima autoridad científica nuclear en Alemania.
        Es curioso constatar que Fermi estaba trabajando en Chicago en un reactor nuclear de barras de grafito puro, que tuvo éxito un año más tarde de la entrega del croquis de Heisenberg, con el que coincidía, haciendo funcionar el primer reactor de la historia a finales de 1942. ¿Fue casualidad o  Heisenberg le quiso engañar, suponiendo que con el grafito no funcionaría? En cualquier caso, Fermi sí se dio cuenta del problema de la pureza del grafito.
        El 9 de junio de 1942, el ministro de armamento del III Reich, Albert Speer, preguntó al Uranverein en reunión oficial si se podría conseguir en 9 meses una bomba de tamaño manejable con la potencia destructora de 1 millón de veces el de la dinamita, a lo que contestaron con un rotundo “no”. Afirmaron que primero había que desarrollar el reactor, y luego la bomba, por este orden. Speer aceptó esta condición. Se llegaron a construir 4 reactores experimentales (en Berlin, Heidelberg y Leipzig), aunque más tarde se desarrolló alguno más (En alguna referencia he leído que se desarrollaron hasta diez).
            El ejército alemán estaba por entonces fracasando en la campaña de Rusia y el soporte financiero de Speer se redujo a poco más de un millón $ para el desarrollo del reactor, que también quedó ralentizado, aparte de que la credibilidad en la bomba se redujo aún más y Speer decidió de acuerdo con Hitler intensificar entonces la financiación de las Wunderwaffen en el área de cohetes (V-1 y V-2) y aviones a reacción (Me-262), abandonando toda idea de bombas atómicas a tiempo para la guerra. Al parecer, los físicos alemanes respiraron aliviados y se conformaron con el escaso presupuesto para continuar con los reactores nucleares (y con muy poca agua pesada)
        (NOTA: El plan de los militares alemanes había sido lanzar una bomba atómica sobre Nueva York y el de los militares americanos en lanzarla sobre Berlín (¡!), De todas formas, el salvaje bombardeo de Dresde en febrero de 1945 fue igual de brutal que la bomba atómica sobre Hiroshima en agosto de ese año).
        Heisenberg, con su exiguo presupuesto y ya sin la presión de los militares para la fabricación de una bomba (¡éstos no sabían nada del proyecto Manhattan, pues  en caso contrario, la historia hubiera sido otra!), continuó desarrollando “su” reactor. El cuarto reactor, el de Leipzig, llamado L-IV, tuvo una fuga y explotó el 23 de junio de 1942, causando numerosas víctimas, salvándose Heisenberg de milagro.
        Los bombardeos aliados se fueron intensificando sobre Alemania desde 1943, especialmente donde se podía sospechar que podrían esconderse experimentos atómicos alemanes. Todavía se construyeron dos reactores más, uno en Berlín y otro en un lugar secreto a salvo de bombardeos, en Haigerloch, que estuvo a punto de lograr una reacción auto-sostenida.
        Los americanos tuvieron éxito con su reactor nuclear (el de Fermi) a finales de 1942 y en esta misma fecha lanzaron a toda velocidad y sin límites de financiación su Proyecto Manhattan de bomba atómica, temiendo que los alemanes ya les llevarían delantera. ¡Y encima lo hicieron básicamente con científicos alemanes o austriacos huidos de la persecución nazi…! Por ejemplo, Otto Frisch, el sobrino de Lise Meitner, diseñó el mecanismo de detonación de la bomba americana.
En  Abril de 1945, las tropas americanas encontraron un reactor nuclear en el sur de Alemania, en un sótano de una cervecería debajo del castillo de Haigerloch cerca de Tübingen, bajo la dirección de Heisenberg y seguramente instalado allí para escapar de bombardeos aliados. El concepto era relativamente simple: dados de uranio colgados del techo prestos a sumergirse en un depósito cilíndrico rodeado de agua pesada, pudiendo controlarse la velocidad de reacción por diversos métodos. Si se hubiese puesto en marcha de forma incontrolada, podría haberse producido una explosión “sucia” estilo Chernobyl. Hoy en día es un museo.

                                         
              Castillo de Haigerloch                                                                           Museo

Reactor de Haigerloch


        El Servicio Secreto americano organizó una misión llamado “ALSOS” desde 1943 hasta finales de 1945 para determinar primero qué científicos alemanes estaban envueltos en investigación nuclear, a la vez que determinar dónde estaban en sus investigaciones. Hasta 1945 obtuvieron pocos resultados; en esta época (abril de 1945) se descubrió el reactor de Haigerloch. Lograron también tiempo antes contactar con Walther Bothe en Heidelberg, quien les pasó bastante información.
        Hacia el final de la guerra en 1945 se lanzó por los aliados la “Operación Epsilon”, que consistía en coger prisioneros a los más destacados científicos  nucleares alemanes y tenerlos vigilados controlando además sus conversaciones, recluidos en un lugar aislado (Farm Hall). Fueron hechos prisioneros entre el 1 de mayo y el 30 de junio de 1945; eran los siguientes: Heisenberg, Von Weizsäcker, Hahn, Bagge, Diebner, Harteck,  Wirtz, Korsching, Von Laue y Gerlach.
        De las conversaciones, parecía decantarse efectivamente que ninguno estaba entusiasmado por lograr una bomba atómica, más aún, se hablaba de conspiración para no lograrla, que sí querían poner en funcionamiento un reactor nuclear y que estuvieron muy cerca. Que no creían que otros lograsen antes de mucho tiempo una bomba; de ahí que, cuando se enteraron allí que el 6 de agosto del 45 se lanzó la primera  bomba sobre Hiroshima, no se lo podían creer.
Reflexiones y curiosidades
        Es curioso constatar que las bombas americanas desarrolladas en “Los Álamos” fueron de dos tipos; una de U-235 y otra de Pu-239, lo que indica que los caminos de investigación (aún sin aparentes contactos, al menos por parte de americanos a alemanes) fueron bastante paralelos, pues el de U-235 puro fue dejado a un lado por falta de uranio y el del Pu-239 fue patentado por Von Weizsäcker.
        La primera bomba americana lanzada sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, “Little Boy”, era de U-235 y no había sido ensayada previamente, mientras que la segunda, “Fat-Man”, la que se lanzó sobre Nagasaki tres días más tarde, estaba basada en Pu-239, igual que la ensayada en Nuevo México el 16 de julio de 1945 en el ensayo “Trinity”. ¿Hubo filtraciones de alemanes a norteamericanos?
        Existe mucha “rumorología” todavía respecto al comportamiento de los científicos alemanes, que no ha sido debidamente aclarada y no existe, pues, una postura oficial al respecto; no sólo eso, sino que se han formado muchas leyendas alrededor de las llamadas “Wunderwaffen” y el nivel tecnológico nazi en 1945.
        Personalmente creo que todo indica que, en conjunto, no existió ningún “afán” de estos científicos por construir la bomba atómica germano-nazi, aunque las posturas personales de cada uno eran diferentes.  Desde un pacifista Otto Hahn, que no quería saber nada de la bomba, hasta un Kurt Diebner que le pusieron a cargo al principio para desarrollarla o un Hans Geiger que insistió machaconamente en hacerla, hay muchos matices. Heisenberg, el “jefe” de todos ellos, siempre insistió en que hizo lo posible (?) para evitar su fabricación. Von Weizsäcker también, pero matizando que como “otros” lo lograrían, que habría que avanzar en ello. El aerodinámico Dr. Herbert Wagner opinaba que había necesariamente que hacerla y hasta diseñó aviones no tripulados para poder llevarla a cualquier rincón del Globo; tras la guerra, estuvo asalariado por los americanos desarrollando cohetes y sistemas de navegación. Lo que parece indudable es que el avance de las investigaciones fue muy lento, no sólo por falta de motivación, sino por falta de medios, material y por la falta de expectativas de tener una bomba disponible antes del fin de la guerra.
        La gran  escasez de agua pesada contribuyó mucho; los aliados lo sabían y en febrero de 1943 sabotearon la fábrica Norsk Hydro en Noruega, pero sólo lograron interrumpir la fabricación por dos meses. Fue bombardeada con poco éxito en noviembre de 1943. Los alemanes decidieron un año más tarde llevarse toda el agua pesada que estuviera disponible, pero un partisano noruego hundió el ferry que la llevaba en febrero de 1944, lo cual ya sí que constituyó una debacle. Habría que haber levantado un monumento al tal partisano; fue el que más daño hizo a la evolución de una bomba alemana.
        En una de las biografías de Canaris, el jefe del Abwehr,  leí que el barón Ernst von Weizsäcker, el padre del físico, era íntimo amigo de Canaris y estaba asimismo desde su puesto de diplomático en el gobierno nazi entre los conspiradores para derrocar a Hitler. Canaris conoció por tanto por vía casi directa de la investigación atómica alemana y se propuso “estorbarla” en la medida de sus posibilidades, para que una bomba así, que el hijo de su amigo estaba seguro de poder conseguir, no llegase a buen término. Lo que hizo o no hizo para ello son especulaciones…

                                  Otras Wunderwaffen.
    Sobre el potencial tecnológico nazi a finales de la guerra, existen multitud de especulaciones y hasta leyendas. Aparte de las armas conocidas y que entraron en servicio, cohetes V-1, V-2 y los aviones a reacción  (Me-262) o con motor cohete (Me-163), otros muchos desarrollos se quedaron en el tintero o en fase de prototipo. Por ejemplo, cohetes de varias etapas o de seguimiento por radar, como el Henschel He-117, alas volantes como el Horten Ho 229 o Ho-IX con difícil detección por radar, fortalezas volantes como el Ju-390, tanques de nueva generación, submarinos con “Snorkel” para largas inmersiones de la serie 21 y 23, cañones gigantes de más de una tonelada, etc. Incluso hay historias sobre desarrollos de “platillos volantes” (ver al final) y avanzadas tecnologías.

                       
                       Henschel  He 117                                El Ho-IX llevado a los EEUU en 1945




HO-IX  ala volante

“Die Glocke” y el “Proyecto Haunebu”          
          La Campana (“Die Glocke”) era un artefacto volante de unos 3 metros de diámetro y 4 m. de altura que se desarrolló en unas minas cerca de Breslau (hoy Wroclaw) en Polonia, con dos cilindros contra-rotatorios llenos de un material (¿radioactivo?) similar al mercurio. Según cuentan, tenía un radio de acción de 150 a 200 metros  (¿a poca altura?).    Lo curioso es que Walther Gerlach, uno de los científicos  nazis internados en Farm Hall, fue un experto en polarización magnética, investigó la levitación magnética, premio Nobel por el descubrimiento del spin del electrón (¡experimentando con mercurio!) y experto en resonancia magnética, que tantas aplicaciones tiene hoy en día. Fue el responsable técnico de la “Glocke”, según varias fuentes. Se cuenta que “la Campana” se llevó a EEUU, a la base de Wright-Patterson, y que se siguió experimentando en vuelo, con accidente y todo.
          En cuanto a los “platillos” ya se inició su estudio en 1939 o incluso antes y todo desapareció en 1945. Hubo dos proyectos con dos diferentes tecnologías: el soplado por efecto Coanda (reproducido tras la guerra: Avro Canada “Avrocar”, con poco éxito) y los de levitación magnética (la especialidad de  W. Gerlach), de los que no hay ninguna evidencia práctica (Proyecto Haunebu). Se cuenta que el general a cargo del desarrollo (Hans Kammler, desaparecido tras la guerra) fue llevado en secreto con su artefacto a EEUU (o a Argentina, según otras fuentes), donde “alguien” pretendería desarrollarla. De ahí a relacionarlo con los avistamientos de OVNIS en 1947 o el “misterio de Roswell” donde se estrelló un UFO de ésos, hay un paso…  Y de ahí también al esoterismo nazi y la leyenda.

            
                                        Walther Gerlach                                    La Campana        


        Gen. Hans Kammler       







De la película Iron Sky 2012


Se cuentan historias como la existencia  de una base nazi en la Antártida, donde recalaban estos “platillos volantes”, que “atacaron” en 1947 a la flota americana del almirante Richard E. Byrd...

Pero eso ya será motivo de otra presentación.






jueves, 9 de noviembre de 2017

LA HISTORIA DEL LIBRO MUTANTE

...POR NICOLÁS PÉREZ-SERRANO JÁUREGUI

Esta es una historia rara. Pero del todo real. O todo lo real que puede ser una historia que no es nuestra propia historia. Aunque en verdad me pasó a mí. Y, como no daba crédito a lo que me sucedía, pues empecé a dudar. Por eso digo a la vez que sí y que no era auténtica. ¡Vaya lío! Bueno, empezaré a contar lo que ocurrió. Así cada cual podrá leer y verá cómo tengo razón, aunque es posible que cada uno lo vea distinto y piense que lo que yo tengo por verdadero nunca sucedió, y viceversa. Esto del viceversa es tan socorrido que desde un comienzo he querido que me ayude. También creo que ayudará desde el inicio saber que casi todo lo voy a contar yo. Pero no todo. ¿Se me entiende, verdad? Espero que sea así.

I. Un libro.


Al volver del trabajo me pongo siempre cómodas zapatillas. Disimulo así mi 
perceptible cojera. Se me nota menos andando sobre blando. Y mi vecina de abajo, qué

guapísima es, no oirá tanto ese arrastre permanente de mi pie izquierdo. El izquierdo tenía que ser.
Tengo un butacón de altas orejeras. Entre sus dos prominentes salientes he puesto una lámpara de pie. Otro pie, vaya. Así puedo leer con comodidad. La luz ilumina las páginas sin sombras, de forma directa, sin intermediarios ni distancia indebida.
Si fuera narrador de mis anteriores vivencias relataría desde cuándo y por qué tengo afición a leer. Resumo diciendo que en casa había muchos libros; de mis padres, de mis hermanos... ¿Cómo no hacer lo que hacían los de mi alrededor? Pues eso.
Muchos deberes del Instituto también me obligaban a leer.
Me he refugiado en la lectura tantas y tantas veces... Me distrae, me permite evadirme, volar sin el impedimento de mi cojera, viajar sin que se cansen mis pies, el tullido y el otro, entremezclarme con otra gente, pensar de manera distinta a la mía, vivir otras vidas, pensar otras cosas ajenas a mi realidad. Como, además, el papel lo soporta todo, esa amplitud convierte el mundo en ilimitado. Y es mi mente la que abarca, de esa manera, la inmensidad de lo infinito. Todo muy bonito, ¿a que sí? Pero... hay un pero. Lo que leo no deja de ser algo añadido, que no borra mi pensamiento, que
no anula mi mente, que no disuelve mi sufrimiento, que no logra disipar mis sentimientos; ni siquiera mis estados de ánimo. Por mucho que asimile cuanto leo no por ello desaparece lo que ya tenía. Cierto es que añado matices, y nuevas visiones a lo previo. Pero ésto sobrevive, está guardado, pertenece a ese disco duro interior del que
no sé -acaso es que no quiero- librarme.
Alterno libros. Unos me duran menos. Habitualmente se trata de novelas, policíacas en su inmensa mayoría. Los de más grueso calado, que invitan a reflexión mayor, me duran más. Y no deja de ser curioso, ni de sorprenderme, que esas lecturas, aunque las simultanee, no se me mezclan en la cabeza. Cabe decir que no tengo un plan premeditado para mis lecturas. Tampoco éstas obedecen a un impulso del momento. Los libros, cual pacientes de hospital público o de médico privado que se precie, guardan lista de espera. Los acumulados aguardan con paciencia a que les llegue mi
turno.

II. La voz del libro.


Acaba de levantarse de la butaca. Como siempre, me ha dejado abierto sobre uno 
de los brazos. Me cuesta mucho la postura. Reagruparme suele ser un ejercicio de relajación. Vuelvo a estar unido. Pero como tiene esa manía... Sé lo que piensa. Que así no se olvida de por qué página va. Menuda tontería. Anda que no hay otras fórmulas.

Me duele el lomo. Con poner un señalalibros, o un trozo de simple papel sería suficiente.
Cuando me abre y me deja sobre el brazo del butacón pienso que si fuera lectora, y no lector, seguro que apreciaría qué incómoda se está todo el rato abierta de piernas, a
la espera de acción que venga del exterior. Tengo que educarlo. Primero le haré ver que un libro no depende de su autor; menos aún de su amo, claro. Una vez escrito, tengo
vida propia. Y, además, que puedo orientar, si no cambiar, mi propia literatura y el mensaje que va dentro de las letras que el autor ha ordenado para componer su historia; esa historia ya me pertenece cuando el autor, como en las películas, ha puesto “fin”. Sé que hay mucho lector incapaz de entender esa verdad. Son lectores que leen. Es cierto. Pero otro grandísimo número de lectores piensan sobre lo que leen. E
inventan historias a partir de lo escrito, tomando como base las sugerencias e ideas que le provocan esas letras concretas, esa historia contenida en el libro. Así, además, yo me siento padre y madre. Engendro y paro. Doy vida a otro libro.
Y este cojito, mi actual amo, no sé si es de los que reparan en todo ello. Le observo, desde mis páginas, con toda atención. Aptitudes no parecen faltarle. Desde luego, nunca se ha dormido sobre mí. Tampoco le recuerdo un bostezo. Bueno, en realidad, medio sí. Ese día le noté especialmente cansado, falto de ideas, y, sobre todo, incapaz de tomar decisiones. Se apreciaba honda preocupación en su actitud; en particular, en el temblor de las manos cuando me tomó para abrirme.
Y decidí actuar. Medio me cerré de sopetón; justo en el momento de su casi acabado bostezo; así él creyó que su temblor, paralelo a abrirse su boca, era el causante
de ese movimiento imprevisto, impensado, reflejo. Pero no; fui yo. En ese instante logré que se fijara en una sola palabra de aquella doble página por las que pasaba sus ojos.
Era una orden “llámala” acompañada, por supuesto, de otras muchas que justificaban el porqué de la decisión que, en mis páginas, toma mi personaje favorito, el doctor, bueno, más bien sicólogo, en un momento trascendental del relato.
Sé que me obedeció, y se le quitó como por ensalmo la confusión, o el aburrimiento que le habían llevado al borde del bostezo completo, acabado.

III. Una llamada.


Por fin me he decidido. Casi por casualidad tengo su móvil. Y la he llamado. No 
por casualidad tampoco se llama Gracia. No podía ser de otra manera, según yo. Yo cuando la veo estoy en ella, o me acerco a ese estado de gracia. Me acuerdo, además, yo que tengo mal los pies, de esa forma de calentar los suelos que llamaban gloria. Nada más verla me entra el calorcito en el cuerpo. Hasta parece que ando más ligero, por lo menos de pies. Me esfuerzo, casi sin pensarlo, en moverme más ágilmente. Otra cosa es la cabeza y los sentimientos, que, en su cercanía, se ralentizan o incluso se ofuscan, me dejan sin saber qué hacer. Sé, para más inri, que todo eso se nota. Cualquiera a mi alrededor puede percibir mi azoramiento, la transformación de mi cara en la de un ser embobado, embrujado, ensimismado, aunque, como he dicho, menos “entullido”. Ello me resta capacidad mental de reacción.

Claro, me he tenido que inventar una historia. Para empezar, acerca de quién soy, qué hago en la vida, por qué y de dónde la conozco y la razón de llamarla. Es curioso, para ello me he servido de la novela que estoy leyendo. En ella hay un doctor
que analiza las mentes de la gente con la que se topa, a todos los efectos, buenos, malos y regulares, quiero decir desde la perspectiva de los intereses particulares del doctor.
El sicólogo se mete en un buen lío. Le buscan en relación con una investigación de la policía. Complejo asunto. Está lleno de recovecos, hasta trucos, hechos en que nada resulta ser lo que parece. Parece el doctor salir indemne de todo, escaparse de toda implicación seria en el asunto. Y el autor reserva papel esencial a una conocida, más bien más, y yo me digo que quién estuviera en tal situación, que aporta un granito de
arena de peso para que el doctor se libre. Ella es Angustias, muy lejos de “mi” Gracia, es cierto. Aun así, al ver esa expresión, “llámala”, no dudé de que el libro me ordenaba
a mí hacer esa llamada a la persona indicada.
- Soy yo.
- ¿Sí, quién llama? ¿Quién es?
No sabía qué responder. Mis zapatillas no paraban. Sobre todo la izquierda empezaba a hacer de las suyas, o sea, a moverse con torpeza, pesadamente, sin mi control, que es incompleto como podrá suponerse, sobre músculo, tendones y reflejos de mi pierna renca. La cosa no ha terminado mal. Me conformo, sé que no es mucho, con que me haya apeado el tratamiento. Me ha ubicado como viejo conocido de la familia. Vagamente ha empezado, dice, a recordar que de muy críos llegamos, dada la cercanía en que vivíamos, a jugar en pandilla y a pergeñar alguna travesura, en la que ella y la
común amiga Virtudes tenían papel principal. Cosas de chiquillos, con algún efecto colateral, más bien directo, de una viejuca a la que hicimos tropezar, con pérdida casi
definitiva de su dentadura postiza, que, por cierto, no tenía buen aspecto al caer en medio de un barro que no presagiaba nada bueno de cara a su reinserción en unas encías retraídas, poco saneadas. Hasta se ha reído, qué cosas, que yo consiga semejante logro. Me he solazado un montón, mientras pensaba, agradecido, en mi libro, en mi amo, que me ordenaba, así lo digo, llamar a Gracia, vencer mi inercia aislacionista.

IV. El libro, de nuevo, hace de las suyas.


Hoy me ha tomado con actitud alborozada. Desde mis escrutadoras páginas, que 
no son sólo ilustrativas, he percibido cariño. Me ha leído con ternura, me ha tratado casi

como a un ser vivo. ¡Si él supiera! Es reconfortante, en todo caso, apreciar el cambio de actitud. Al acabar de leer, le he visto fijarse mucho en el dígito de la última página leída.
No me ha despatarrado. No me ha dejado abierto, forzándome el lomo, sobre el brazo del sillón. Y también diré que se ha fijado en una frase seleccionada por mi ordenador
interno: el doctor era contestado por Angustias, que le decía
“tienes que aceptar cómo te ven los demás sin dejar de ser tú mismo” advertencia que va que ni pintiparada para la vida de mi cojito. Ojalá que se dé cuenta. Sus valías son mayores que sus minusvalías. Y entre éstas no es la mayor el ser un poco
cojitranco. Tiene complejos que, según yo, que trato a tantas gentes, son más bien simplejos, algo común entre quienes, como él, se consideran peores que su propia realidad. Ese es, de verdad, su gran problema. Y hay que abrirle sus ojos, más miopes de lo que él piensa. Sé bien lo que pasa por su mente. Hace divagaciones sin más sentido que ese de las odiosas comparaciones y el de su participación en las cosas o en
la intangibilidad de lo que naturaleza le dió. Pero creo que he logrado hacerle ver que él no tiene la culpa, utilizo sus propios símiles, de “haber nacido hiena, fea y falsamente
sonriente, y no simpático delfín”. Ya se ha comido demasiado su mismísima mierda; sólo le falta digerirla y echar “palante”. Ponerse en contacto con su Gracia es un primer pero decisivo paso.

V. Encuentro con Gracia.


La recordaba más bajita. Ha estilizado bastante: me la encuentro 
esporádicamente en la escalera, pero hasta hoy, y observándola más detenidamente, no he atendido tanto a los detalles. No soy objetivo, he de reconocerlo. Todo en ella me

encandila. Ya no estoy en lo platónico. Demuestra que no siente aversión por mi cojera. Dice que en su familia ha habido también disfunciones corporales. No le da más valor.
Aprecia otras cosas. Me hace sentir cómodo, casi normal a pesar de... bueno, de eso que no quiere valorar negativamente. ¡Ah y lo más chocante! Está leyendo el mismo libro que yo. Y siente también que el libro la dice cosas, la impulsa, se ha convertido en dueño incluso de varias de sus
acciones.

Madrid, comienzos de noviembre de dos mil diecisiete.

Nicolás Pérez-Serrano Jáuregui.